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miércoles, 20 de agosto de 2008

La segunda generación de la Internet ha llegado. Es peor de lo que piensan.



Web 2.0
La segunda generación de la Internet ha llegado. Es peor de lo que piensan.
por Andrew Keen


Los antiguos eran buenos resistiendo la seducción. Ulises luchó contra el seductor canto de las Sirenas haciendo que sus hombres lo ataran al mástil de su nave mientras pasaban por la Isla de las Sirenas. Sócrates estaba tan decidido a proteger a los ciudadanos de las seductoras opiniones de artistas y escritores que proscribió a éstos de su república imaginaria.

Nosotros los modernos somos menos ágiles para resistir las grandes seducciones, en particular aquellas visiones utópicas que prometen grandiosas salvaciones políticas o culturales. Desde las revoluciones Francesa y Rusa hasta los disturbios contra-culturales de los ‘60 y la revolución digital de los ‘90, nos ha seducido, una vez tras otra, un texto tras otro, la visión de una utopía política o económica.

Más que en París, Moscú o Berkeley, el gran movimiento utópico de nuestra era contemporánea tiene su cuartel general en Silicon Valley, cuya gran seducción es de hecho la fusión de dos movimientos históricos: el utopismo contra-cultural de los ‘60 y el utopismo tecno-económico de los ‘90. Aquí, desde Silicon Valley, esta seducción se ha anunciado a si misma al Mundo como el movimiento “Web 2.0″.

La semana pasada me convidó a almorzar en un restaurante japonés muy de moda un entrepreneur serial de Silicon Valley que, respaldado por el boom de las .com, había invertido en mi recién inaugurada Audiocafe.com. El entrepreneur, como yo, un veterano del Silicon Valley, me estaba alabando las virtudes de su último lanzamiento, una plataforma tecnológica que crea herramientas de software de fácil uso destinado a comunidades on-line, para publicar weblogs, películas digitales y música. Es una tecnología que habilita a cualquiera que tenga una computadora a convertirse en autor, director de cine o músico. Este sueño de la Web 2.0 es la pesadilla de Sócrates: una tecnología que provee a cualquier ciudadano los medios para convertirse en un pertinaz artista o escritor.

“Esto es histórico”, me auguró mi amigo. “Estamos permitiendo que los usuarios de Internet sean creadores de contenido. Piensa en ello como otorgarle poder a los medios de la ciudadanía. Podemos ayudar a destrozar el elitismo de los estudios de Hollywood y de los grandes sellos discográficos. Nuestra plataforma tecnológica democratizará de manera radical la cultura, construyendo comunidades auténticas, creando medios de comunicación ciudadanos”. Bienvenidos a la Web 2.0.

Jergas rimbombantes de la vieja era de las punto-com como cool, cobertura de página o cash flow negativo, han sido reemplazadas en la Web 2.0 por un lenguaje a la vez más militante y absurdo: Otorgar poder a los media de la ciudadanía, democratizar radicalmente, aplastar el elitismo, redistribución de contenidos, comunidades auténticas … Toda esta jerga sociológica, una vez dominio exclusivo de la contra-cultura hippie, se ha convertido en el léxico del nuevo capitalismo de los media.

Incluso este entrepreneur posee una casa de cuatro millones de dólares ubicada a unas pocas cuadras de la de Steve Jobs. Toma sus vacaciones en el Pacífico Sur. Sus hijos asisten a la más exclusiva academia privada de la Península. Pero en todo este asunto suena más como un marxista cultural -un discípulo de Gramsci o de Herbert Marcuse- que como un capitalista con una maestría en gestión de empresas obtenida en Standford.

En su mente, “los grandes media” -los estudios de Hollywood, los grandes sellos discográficos y las casas editoriales internacionales- representaban de verdad al enemigo. La Tierra Prometida era el contenido generado en línea por los usuarios. En términos marxistas los media tradicionales se habían convertido en la “burguesía” explotadora, y los media ciudadanos, esos heroicos blogueros y audio-blogueros, eran el “proletariado”.

Esta perspectiva es típica del movimiento de la Web 2.0, que fusiona el radicalismo de los ‘60 con la escatología utópica de la tecnología digital. Este resultado ideológico podría ser conflictivo para todos nosotros.

Entonces ¿qué es exactamente el movimiento de la Web 2.0? Como ideología se basa en una serie de supuestos éticos acerca de los media, la cultura y la tecnología. Adora al aficionado que es creativo: quien aprendió por su cuenta a hacer películas, el músico de los dormis estudiantiles, el escritor a quien nadie publicó. Sugiere que todos -incluso aquéllos entre nosotros que cuentan con menos educación o se expresan con mayor dificultad- pueden y deben utilizar los medios digitales para expresarse y realizarse a sí mismos. La Web 2.0 “potencia” nuestra creatividad, “democratiza” los media, “nivela el campo de juego” entre los expertos y los aficionados. El enemigo de la Web 2.0 son los “elitistas” media tradicionales.


Con el potencial que nos confiere la Web 2.0, todos podemos convertirnos en ciudadanos-periodistas, ciudadanos-videógrafos, ciudadanos-músicos. Con el poder obtenido de esta tecnología podemos escribir por la mañana, dirigir películas por la tarde y componer música por la noche.
¿Suena familiar? Es extrañísimamente parecido a la seductora promesa de Marx acerca de la auto-realización del individuo, que éste expusiera en “La ideología alemana”:

«Mientras que en la sociedad comunista, donde nadie tiene una esfera exclusiva
de actividad pero cada uno puede verse envuelto en aquélla que desee, la
sociedad regula la producción general y así hace posible que yo haga una cosa
hoy y otra mañana; cace por la mañana, pesque al mediodía, críe ganado por la
tarde, critique después de la cena, así como tengo una mente, sin nunca
convertirme en cazador, pescador, pastor o cr
itico
De la misma manera que Marx sedujo a una generación de idealistas europeos con su fantasía de auto-realización dentro de una utopía comunista, así el culto que la Web 2.0 hace de la auto-realización creativa ha seducido a todos en el Silicon Valley. El movimiento recorre un abanico desde los radicales contra-culturales de los ‘60 como Steve Jobs hasta el tecno-raye contemporáneo del Google de Larry Page. Entre estas “cubiertas” del libro, Jobs y Page, yace el resto del Silicon Valley incluyendo comunitaristas radicales como Craig Newmark (de craiglist.com), comunistas de la propiedad intelectual como el profesor de Leyes de Stanford Larry Lessig, adalides de la infinita abundancia económica como el editor en jefe de la revista Wired Chris “Long tail*” Anderson, y nuevos potentados de los media como Tim O’Reilly y John Batelle.
La ideología del movimiento de la Web 2.0 fue perfectamente sintetizada en el encuentro Technology Education[sic] and Design (TED) de Monterey, el año pasado, cuando Kevin Kelly, hiper-idealista del Silicon Valley y autor de la utopía de la Web 1.0 Ten Rules for The New Economy (Diez reglas para la nueva economía), declaró:

«Imaginen a Mozart antes de la tecnología del piano. Imaginen a Van Gogh antes
de la tecnología de las pinturas al óleo a bajo precio. Imaginen a Hitchcock
antes de la tecnología del cine. Tenemos la obligación moral de desarrollar
tecnología

Pero donde Kelly ve una obligación moral de desarrollar tecnología, tenemos en realidad -si realmente nos interesan Mozart, Van Gogh y Hitchcock-, la obligación moral de cuestionar el desarrollo de tecnología.
Las consecuencias de la Web 2.0 son intrínsecamente peligrosas para la vitalidad del arte y la cultura. Su promesa de potenciación juega y se traslapa sobre ese legado de los ‘60, ese narcisismo rampante que Christopher Lasch describiera tan anticipatoriamente, con su foco obsesivo en la realización del yo.
Otro término para el narcisismo es “personalización”. La Web 2.0 personaliza la cultura de manera tal que nos refleje a nosotros mismos más que al mundo que nos rodea. Los blogs personalizan el contenido de los media de tal manera que lo único que leemos son nuestros propios pensamientos. Las tiendas en línea personalizan nuestra propias preferencias, dándonos en respuesta nuestro propio gusto. Google personaliza nuestras preferencias de manera que lo único que vemos son publicidades de productos que ya consumimos o servicios que ya utilizamos.
En lugar de Mozart, Van Gogh o Hitchcock, todo lo que obtenemos de la revolución de la Web 2.0 es más de nosotros mismos.
* Por su famoso blog “The Long Tail Blog”
.
De todas maneras, la idea del progreso tecnológico inevitable es tan seductora que se la ha transformado en “leyes”. En el Silicon Valley, la más citada entre estas leyes, la Ley de Moore, establece que el número de transistores en un chip se duplica cada dos años, duplicando así la capacidad de memoria de las computadoras personales cada dos años. A un cierto nivel, la Ley de Moore es real y ha impulsado la economía del Silicon Valley. Pero existe una dimensión ética de la Ley de Moore de la cual no se habla: supone que el avance tecnológico es acompañado por una mejora equivalente en la condición del hombre.
Pero como Max Weber demostró tan convincentemente, la única ley de la historia verdaderamente confiable es la Ley de las Consecuencias Inesperadas.
Sabemos lo que ocurrió la primera vez que esto estuvo en el ruedo, durante el boom de las punto-com de los ‘90. Al principio hubo una profusión exuberante; luego la burbuja explotó; algunas personas perdieron mucho dinero; muchas personas perdieron algo de dinero. Pero nada cambió en realidad. Los grandes media continuaron siendo grandes media, y casi todo lo demás -con la excepción de Amazon.com e eBay- acabó atrofiado.
Sin embargo esta vez las consecuencias de la revolución de los media digitales es mucho más honda. Apple , Google y Craiglist están realmente revolucionando nuestros hábitos culturales, nuestro estilo de esparcimiento y la manera en que nos definimos a nosotros mismos. Los periódicos están en caída libre.
Las cadenas televisiva, equivalente moderno de los dinosaurios, están siendo sacudidas por la aniquilación de comerciales de 30 segundos, hecha con TiVo, de la noche a la mañana. El iPod está socavando la multimillonaria industria de la música. Mientras tanto la piratería digital, permitida por el hardware de Silicon Valley y justificada por comunistas de la propiedad intelectual de Silicon Valley como Larry Lessig, está drenándole ingresos a artistas conocidos, estudios de cine, periódicos, sellos discográficos y compositores.
¿Es esto malo? El propósito de nuestra industria cultural y de los media, más allá de la necesidad obvia de ganar dinero y entretener a la gente, es recompensar el talento superior. La corriente dominante en los media lo ha logrado con marcado éxito durante el pasado siglo.
Considere Vértigo, la obra maestra de Hitchcock, y un par de brillantemente dotadas piezas del mismo nombre, el libro Vertigo, del escritor anglo-germano W. G. Sebald, de 1999, y la canción Vértigo de la estrella irlandesa del rock, Bono, de 2004. Hitchcock jamás podría haber hecho sus complejas y onerosas películas por fuera del sistema de los estudios de Hollywood. Bono nunca se hubiera convertido en Bono sin el hipertrofiado y ejercitado músculo del márketing de la industria de la música. Y W. G. Sebald, el menos conocido de este trío de talentos, hubiera seguido siendo un oscuro profesor universitario si una editorial renombrada no hubiera tenido el buen gusto de descubrir y distribuir su trabajo.
Los artistas de élite y una industria mediática de élite viven en simbiosis. Si se democratizan los media, se acaba democratizando el talento. La consecuencia no intencionada de toda esta democratización es, para citar incorrectamente al apologista de la Web 2.0 Thomas Friedman, el “achatamiento” cultural. No más Hitchcocks, Bonos ni Sewalds. Sólo el ruido de fondo de las opiniones -la pesadilla de Sócrates-.

Mientras que Sócrates correctamente advertía sobre los peligros de las sociedades encaprichadas con sus opiniones en la República de Platón, otros escritores antiutopistas modernos, como Huxley, Bradbury y Orwell, precisamente se equivocaron con el futuro de la Web 2.0. Mucho se ha extraído de, por ejemplo, de las asociaciones entre un buscador Google con sus cualidades de todo lo sabe y todo lo ve, y el Hermano Grande* de 1984. Pero el miedo de Orwell era la desaparición del derecho individual a la auto-expresión. Así, el gran acto de rebelión de Winston Smith en 1984 fue su decisión de tomar una pluma oxidada y expresar sus propios pensamientos.
La cosa que estaba a punto de hacer era comenzar un diario. Esto no era ilegal, pero si se lo detectaba era razonable suponer que se lo castigaría con la pena de muerte… Winston fijó una pluma al cuerpo y la chupó para quitarle la grasa… Sumergió la pluma en la tinta y luego vaciló por un segundo. Un temblor le corrió por sus entrañas. Marcar el papel fue el acto decisivo.
Sin embargo, en el mundo de la Web 2.0 el problema no consiste en la escasez de autores sino en su sobreabundancia. Ya que todos usarán los medios digitales para expresarse, el único acto decisivo será no marcar el papel. No escribir como un acto de rebelión suena estrambótico, como si se tratase de una pieza de ficción escrita por Franz Kafka. Pero una de las consecuencias no deliberadas del futuro de la Web 2.0 bien podría ser que todo el mundo sea un autor mientras que el público ha dejado de existir.
Hablando de Kafka, en la contraportada de la edición de enero de 2006 de la revista Poets and Writers, hay una publicidad seductora del estilo de la Web 2.0 que dice:
Kafka trabajó arduamente en el anonimato y murió sin un centavo. Si tan sólo hubiera tenido un sitio web…
Es de suponer que si Kafka hubiera tenido un sitio web este se hallaría en kafka.com, la que hoy es una dirección propiedad de un blog izquierdista un tanto chiflado llamado The Biscuit Report [El Informe Bizcocho]. La página principal del sitio cita algunas palabras escritas por Kafka en su diario:
No tengo memoria de las cosas que he aprendido, ni de las que he leído,
ni de las cosas experimentadas u oídas, ni de las personas, ni de los eventos;
siento como que no he experimentado nada, aprendido nada, que en realidad sé
menos que un párvulo promedio de la escuela, y que lo que sé es superficial, y
que cada sutileza está fuera de mi alcance. Soy incapaz de pensar
deliberadamente; mis pensamientos se detienen como frente a un muro. Alcanzo a
comprender la esencia de las cosas en soledad, pero soy incapaz de pensar
coherentemente, sin trabas. Ni siquiera puedo contar una historia con propiedad;
de hecho, apenas hablo…
Una de las consecuencia no deseadas del movimiento Web 2.0 bien podría ser que todos caigamos colectivamente en la clase de amnesia que describe Kafka. Sin una corriente dominante de crème-de-la-crème media, perderemos nuestra memoria de las cosas aprendidas, leídas, experimentadas y oídas. Las consecuencias culturales de esto son extremas, requiriendo la opinión autorizada de al menos un Alan Bloom, si no de un Oswald Spengler. Pero aquí en el Silicon Valley, al filo mismo de la era de la Web 2.0, ya no hay ningún Bloom ni ningún Spengler. Todo lo que tenemos es la gran seducción de los media ciudadanos, el contenido democratizado y las comunidades en línea. Y por supuesto blogs. Millones y millones de blogs.
FIN
tomado del blog desde el atico . el video fue tomado del blog santos y demonios
Los subrayados son mios
Saquen sus concluciones.
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2 comentarios:

Blogger K-2 ha dicho...

Es triste ver que pseudo-intelectuales critiquen la aparición de blogs y de más medios de expresión, sólo porque hay millones y no todos son estrella. Al parecer olvidan que en la historia hay cientos de casos de artistas (escritores, pintores y un largo etcétera) cuyos nombres nunca sabremos, que sus obras están ahí pero que no nunca alcanzaron fama por ser mediocres o porque la gente no les dio importancia a su obra. Estos intelectuales se sienten disminuidos porque ven como un simple estudiante, ama de casa o persona común y corriente con acceso a un computador pueda tener mayor influencia en la sociedad que ellos mismos. La envidia tiene distintos colores.

9 de septiembre de 2008, 15:29  
Blogger luis ha dicho...

eso es exactamente lo que mas le revienta, que todos hacen poesia, todos hacen relatos y muchos de ellos son mejores que ellos.
Aunque ciertamente no todos, pero permite que esos que valen la pena sean conocidos

9 de septiembre de 2008, 17:54  

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